Las puertas de la precesión (de la Luna)

“El alma, por ser eterna, después de la muerte es como un pájaro enjaulado que ha sido puesto en libertad. Si ha pasado mucho tiempo en el cuerpo, y se ha convertido en dócil por muchos asuntos, y costumbres convencionales, el alma va a tomar inmediatamente otro cuerpo, y una vez más se involucrará en los problemas del mundo. Lo peor de la vejez es que le memoria del alma del otro mundo se torna débil, mientras que, al mismo tiempo, su apego a las cosas de este mundo se vuelve tan fuerte que el alma tiende a retener la forma que tenía en el cuerpo. Pero ese alma que permanece solo por un corto espacio de tiempo dentro de un cuerpo, hasta ser liberada por las autoridades superiores, recupera rápidamente su fuego y pasa a cosas más elevadas”.  (“Moralia, IX -(Sobre la cara visible de la luna)”. Plutarco).

Se conoce por precesión el cambio en la orientación del eje de rotación de un cuerpo giratorio. En otras palabras: si el eje de rotación de un cuerpo gira sobre sí mismo alrededor de un segundo eje, se dice que dicho cuerpo está precesando alrededor del segundo eje. En física hay dos tipos de precesión: libre de par, e inducida por el par. En astronomía la precesión se refiere a cualquiera de los cambios lentos en los parámetros rotacionales, u orbitales, de un cuerpo astronómico. Un ejemplo importante es el cambio constante en la orientación del eje de rotación de la Tierra, conocido como la precesión de los equinoccios, y la gran influencia de todo ello sobre la vida en la tierra.

Desde los tiempos del Paleolítico nos encontramos con que las puertas de la precesión fueron abiertas por nuestros antepasados ​ cuando en algunos eruditos se despertó un sentido muy profundo del infinito a través del convencimiento de que había algo mucho más grande, y más poderoso, que ellos mismos, y que tenía una gran influencia sobre los seres vivos en la tierra, además de en las mareas. Y La luna fue la primera en proporcionarles sensaciones de eternidad gracias a sus caras cambiantes, a sus diferentes fases, y a la gran variedad de sus sombras . Y esos cambios de luces, y de movimientos, producían figuras que inmediatamente fueron definidas como las caras de la Luna, y dependiendo de la interpretación que hacían en su momento los magos, o druidas, eran consideradas como buenos o malos tiempos para las cosechas, o las próximas guerras, o las plagas, y epidemias. Los antiguos astrónomos observaban y estudiaban la Luna y sacaban conclusiones de las formas que mostraban sus caras, cuyos cambios eran seguidos muy de cerca, y gracias a esos estudios, ésta no tardó en convertirse en un guía a través de las estaciones del año. Y entonces empezaron a estudiar muy especialmente los ciclos precesionales de la Luna y las estrellas, ya que estaban muy a la vista, y la adoración a este planeta tan misterioso empezó a extenderse entre los pueblos. La Luna, su cercanía a la tierra, su visibilidad en todo momento, abrió las puertas al misterio del tiempo, y a la gran influencia que ejercía sobre toda la tierra, sobre las aguas del mar, sobre las plantas, los seres humanos, y los ciclos, y la llevó muy pronto a convertirse en la protagonista de algunas mitologías, o en una parte importante de ellas, adjudicándole nombre diferentes de acuerdo a sus propias tradiciones.

Venus de Laussel, Francia, años 25.000-20.000 (Edad de Bronce) antes de C. sujetando un cuerno de bisonte en su mano derecha. Museo de Aquitania, Burdeos, Francia

Esta diosa de Laussel es la primera de la que se tienen noticias y en todas las reproducciones de la misma podemos verla sosteniendo en su mano derecha un cuerno de bisonte. La diosa representaba el ciclo de crecimiento de la Luna desde la fase de llena, hasta los trece movimientos reflejados con rayas verticales en el cuerno del bisonte. El primer concepto que elaboraron de esta antigua representación en las diferentes  leyendas y mitologías, era el poder de regeneración de toda la vida sobre la tierra, incluyendo al ser humano, desde la muerte, un paralelismo asociado al crecimiento de la Luna desde la fase de nueva, a la fase de llena, con el crecimiento de las plantas, pero también con el de los animales y los seres humanos. En esta figura de la diosa podemos ver que su mano izquierda está señalando su vientre indicando el paralelo que hay entre el crecimiento de la vida dentro de ella misma, y las fases de la Luna. El cuerno del bisonte, y la Luna, indican que son uno con el mismo poder. Lo cual significa que el proceso de regeneración de la vida desde la muerte, o creación, debe implicar tanto una fuerza femenina, como masculina. El cambio de una comprensión cíclica a una comprensión lineal del tiempo no ha variado desde la antigüedad hasta nuestros días. En esta figura femenina se refleja el reconocimiento de las contrapartes entre lo celestial y lo terrenal como idea, así como lo poco que hemos cambiado en algunos aspectos.

También fue interpretado en su día que la primera diosa de la Luna, y el cuerno del bisonte, hacen comprensible la existencia de cuatro de diosas que pudieron representar cada máscara que podía verse en cada una de las cuatro fases de la luna: cuarto creciente, luna llena, cuarto menguante y luna nueva. El ciclo de diecinueve años, y los ciclos de nutación de la Luna registrados en los círculos hechos con grandes piedras extendidos por toda Europa, además de ser usados para la práctica de rituales, se cree que también simbolizaban la regeneración, o el crecimiento periódico y el sentido del devenir al presenciar directamente los poderes de la regeneración. Como los ciclos mensuales de la regeneración de la Luna, los ciclos precesionales formaban parte de la onda lunar de eterna energía ondulante a la que responde toda la vida vegetal y animal.

Diosa madre Luna flanqueada por dos leones. Neolítico, 6.000-5.500 aC. Museo de Anatolia – Ankara, Turquía.

Pero la imagen de la antigua diosa de la Luna con las trece marcas en el cuerno del bisonte podría ser la más reveladora. Algunos eruditos modernos han llegado a la conclusión de que  esas trece rayas son una gran obra de astronomía. El número trece es un número muy lunar, ya que la astronomía moderna ha perdido la pista de los ciclos más grandes de la precesión de las estrellas en el equinoccio vernal, donde cada dos mil años se mide por la constelación en ascenso en el equinoccio vernal.

La Edad de Tauro en astronomía, entre los años 4.000 a 2.000 a.C, fue una época gobernada por Venus con la Luna exaltada. La adoración, que seguramente es aún más antigua que este tiempo, fue ensombrecida por la Edad de Hierro, o la Edad de Aries, y después por la Edad Moderna, que dejó de lado las antiguas religiones (paganas), así como cualquier otro estudio relacionado con la Luna. Y entonces empezaron a ignorarse los ciclos de precesión divisibles por trece años para producir períodos exactos de 2.000 años, y ya no interesaban las realidades que nos informaban que debería haber trece edades también en la tierra. Del mismo modo, el hecho de que la Luna se mueva un poco más de trece grados al día alrededor de la tierra, y de que tiene un poco más de trece órbitas en un año solar, claramente visible para todos, como lo fue en la antigüedad, también han sido ignorados. Y a partir de lo anterior, la Luna adquiere un significado más profundo y nos invita a reflexionar sobre los ciclos de precesión y su influencia sobre la vida en la tierra. ​

El primer testimonio escrito que tenemos sobre la influencia de la Luna (Selene), se encuentra en la “Teogonía” (pags. 442-448) de Hesíodo (Grecia, año 700 aC) en algunas referencias al dios Hermes (Mercurio) indicando que la influencia de Selene (Luna) podía favorecer la fecundidad del ganado. Y posteriormente aparecen mas testimonios en la obra titulada: “Isis y Osiris” (pag. 41 y siguientes) de Plutarco (Grecia, años 45-120 AD) donde podemos leer: “Benéfica para las crías de los animales y los retoños de las plantas, mientras que el Sol, con su calor moderado y despiadado, hace que todo lo que crece y florece se caliente en exceso y se reseque. En la Luna llena se encontraba la “ensenada de Hécate”, lugar donde las almas pagan las deudas y son compensadas por cuanto hayan sufrido o cometido tras convertirse en demonios”.

El alma y la luna

Hay varias teorías de nuestros clásicos sobre la relación entre la Luna y las almas de los habitantes de la tierra, en la vida de ultratumba. Y una de ellas es la desarrollada por el moralista, y filósofo, griego Plutarco (Grecia, 45-120 AD), en cuyos diálogos invita a sus interlocutores a exponer sus teorías sobre las manchas que pueden verse en la Luna, con el fin de explicar o entender, la influencia que tenía la cara que mostraba en ese momento, sobre la vida en la tierra en general, teorías entonces solo científicas, pero no emocionales. Algunos participantes en los diálogos defendían los postulados de la academia pitagórica, ajenas al geocentrismo, en el sentido de que la Luna es de índole térrea. La escuela estoica recibe muchas críticas dada su interpretación sobre que la Luna es una mezcla de aire y fuego. Sin embargo, se habría llegado a la situación en que los métodos científicos resultaran insuficientes, y empezaran a sentir la necesidad de disponer de una serie de explicaciones. Y uno de las teorías es que si la Luna es térrea, entonces debe contemplarse la posibilidad de que haya vida en ella, y por lo tanto habría selenitas. Sin embargo, de las teorías científicas se pasaba a las teorías místicas, e incluso religiosas. Algunas teorías mantenían que en ella estaba viviendo el dios Cronos (el creador), y otras que allí se encontraba Caín como castigo por su pecado, cargando un haz de leña sobre sus hombros. También los clásicos asociaron a la Luna, especialmente la llena, a la diosa Perséfone, y a su esposo, Hades, el dios del mundo subterráneo, y dependiendo de las sombras en su cara visible, se les podía ver juntos esperando dar la bienvenida a las almas de los muertos.

Otra teoría indica que el hombre está compuesto de cuerpo, alma e intelecto, lo cual corresponde directamente con la teoría de la tierra, la luna y el sol. Tal y como mantiene Plutarco en sus diálogos sobre la cara de la Luna: “Existen dos muertes: una primera terrena que separa el alma y el intelecto, de modo que los espíritus nobles vagan durante un tiempo hasta llegar a la Luna y gozan de su contemplación, mientras que los innobles reciben el merecido castigo. Una segunda muerte ocurre cuando el alma, y el intelecto, se desunen de modo que éste regresa al Sol, y el alma permanece en la Luna hasta que se disuelve definitivamente, con el tiempo, la Luna añade una nueva alma al intelecto que aporta el Sol. La tierra produce el cuerpo y, de esta manera, se genera otra vida humana. Con antelación, las almas en la Luna se convierten en demonios, los cuales participan luego en los asuntos terrenos hasta la llegada de la segunda muerte. Y ahora sabemos, por fin, el singular cometido de la Luna que justifica el tratado en su totalidad: la producción y recepción de almas que han regresado de la primera muerte, y que finalmente se disuelven en la sustancia lunar”.

Como queda dicho: la Luna es el elemento básico de estas almas: efectivamente, se consumen en ella como los cadáveres en la tierra. Ello sucede con rapidez en las almas prudentes que consagraron su existencia a una vida de reposo y sosiego, al estudio de la ciencia (y es que, desprovistas del intelecto, se extinguen ante la ausencia de alicientes que las apasionen). Entre las almas de las personas ambiciosas, inquietas, dadas al culto del cuerpo e irascibles, unas pasan el tiempo durmiendo y soñando con los recuerdos de su vida, como le sucedió a Endimión, el amante de Selene (la Luna) . Sin embargo, cuando la inestabilidad, y pasión propias de ellas, las aparta, y sale de la Luna en pos de otro nacimiento, ésta impide que accedan a la tierra e intenta retenerlas con el reclamo de sus encantos. No es un hecho baladí, ni propio de la inercia de las cosas, o fácilmente asumible, que un alma sin intelecto se apropie, con pasión, de un cuerpo. Seres como los Titio, Tifón y Pitón (que ocupó Delfos y subvertió el oráculo con tanta insolencia como violencia) participan obviamente de las mencionadas almas, yermas de raciocinio y errantes”.

“No obstante, con el tiempo, la Luna hace que las almas regresen y acepten unas disciplinas. Después, la fuerza vital del Sol deposita otra vez en ella la semilla del intelecto, luego la Luna genera almas nuevas, y la tierra, en tercer lugar, aporta el cuerpo. La tierra no dá nada si devuelve tras la muerte cuanto toma para el nacimiento, y el Sol no toma nada, sino que vuelve a tomar el intelecto que dá. Pero la Luna toma, y dá, une y separa, merced a los poderes que tiene. Ocurre que el elemento inanimado es ineficaz y proclive a la influencia de componentes ajenos, mientras que el intelecto es impasible y autosuficiente. Sin embargo, el alma es un ente mixto e intermedio, como la Luna a la que la divinidad creó con mezcla y conjunción de los objetos de Arriba, y los de debajo de modo que, lógicamente, observa la misma relación con el Sol que la tierra observa con ella”.

Los mitos de la vida, la muerte y la regeneración evolucionan muy rápidamente y adquieren mucha importancia, entre las edades de Bronce y Hierro de Europa y el Mediterráneo. Desde la mitología minoica de la diosa y la Luna con el bisonte, hasta los mitos griegos y celtas de la diosa y la Luna con el toro, la Luna es un símbolo siempre presente en el proceso de transformación, tanto en sus diferentes fases, como en los cambios que se producen en paralelo en la vida de la tierra. Sus fases actúan como una guía durante todo el año, y los ciclos de precesión evidentes en los ciclos de los cinco y diecinueve años de la Luna, abren puertas a ciclos en nuestras vidas y en las vidas de nuestros antepasados. De nuevo, a través de los templos de los eruditos de la antigüedad, los ciclos lunares de la precesión se experimentan como un rejuvenecimiento del espíritu que despierta sensaciones de eternidad. Desde la epifanía de la diosa, progenitora del nacimiento, y la creciente y menguante Luna, como la potencia fértil del bisonte, y del toro, las fases primarias de nuestro desarrollo abren las puertas de la precesión.

 María de Gracia

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Bibliografía

-“Symbols of Birth in the Neolithic”. D.O. Cameron

-“The language of the Goddess in the Western Civilization”. Thames & Hudson

-“Sun, Moon and Stones”. J.E. Wood

-“Moralia, IX – sobre la cara visible de la Luna”. Plutarco

-“Isis y Osiris, pag. 945 y ss”. Plutarco

-“Teogonía, 442-448″. Hesíodo

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